Silencio.

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Mesa para dos haditas.

Algo pasa aquí, sí… justo aquí, en esta casa. Casa, no hogar. Uno no puede permanecer mucho tiempo en este sitio, sin que lo invada la tristeza.

Hay un Silencio, permanente, que no puede evitarse (ni viendo tv, ni escuchando música, ni siquiera con un pequeño intercambio de palabras).

Por un corto período ese Silencio no existió, en el tiempo que me salvaste, hermanita. Porque estuviste conmigo. Comíamos y reíamos juntas, antes de dormir. A veces… aunque trataba de no despertarte en la mañana, lo hacía. Y podías desearme los buenos días. En ese tiempo, especialmente los fines de semana, parecía que no existía el Silencio.

Me olvido del Silencio, cuando una llamada por skype (o celular) o un mensaje en facebook, forman un puente con el exterior; con el amor, con la familia y los amigos. Ello me anima, me ayuda, me hace feliz.

Sí, tengo muchas comodidades y mi espacio propio. Nada, ni nadie, me molesta. A veces, disfruto de esa soledad, pero hay días… como hoy, en que el Silencio se hace patente, que marca su presencia con gestos, saludos y miradas vacías. Ese Silencio que me hace temblar y provoca que me cueste respirar. Las lágrimas deben escurrirse participando de él.

“Si me salvas del miedo en el que vivo ahora…”

Miro el reloj, debo limpiar las lágrimas, componer una sonrisa y aclararme la garganta. Aquí, como siempre, no pasa nada.

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Vértigo

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Después de una tarde de lluvia. Tlaxcala, Tlaxcala. Por Jonathan Hernández

Hoy desperté y me invadió una sensación que… no sé explicar muy bien. Era una mezcla de tristeza, de miedo, de añoranza. Pero mi mente no alcanzaba a discernir por qué estaba ahí, instalada en mi pecho, formando un vacío que hacía que costara respirar. Que me congestionaba y formaba un nudo en mi garganta. Pero no había lágrimas, tal vez las agoté todas ayer… Me abracé con fuerza a la almohada, pero no era suficiente, necesitaba un abrazo de verdad, un abrazo de alguien. Algo que me hiciera sentir que no iba a disolverme en moléculas… la misma sensación que Jesse, en Before Sunset.

Entonces llegó un mensaje a mi celular. Y todo empezó a ir mejor. El vértigo, el miedo, la tristeza, se fueron disolviendo. Se olvidaron entre risas, entre amor, entre esperanza.

Así que espero que pronto encuentren divagues más divertidos y risueños. Normalmente soy así, es que ha sido un período de crisis familiares… Pero las cosas marcharán mejor, me aseguraré de ello.

Lágrimas

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Un día nublado. San Simón Tlatlahuquitepec, Tlaxcala.

Son las 11:39pm ¿qué ganas de poner la hora? ¿verdad? Pero me ayuda a situarme en el presente, aunque al ir escribiendo… ésto vaya convirtiéndose en pasado. Escribo porque estoy llorando ¿por qué? Creo que por nada en particular. Últimamente me pasa eso. Soy sensible a todo lo que pasa a mi alrededor y a lo que ocurre con las personas que me importan: mi familia, mis amigos, mi novio.

Lo que provoca las lágrimas, no tiene que ser necesariamente triste. Puede ser bello, puede ser bueno.

¿Por qué cosas he llorado esta semana?

Porque un ex-profesor de secundaria dio apoyo moral y económico a mi familia.

Porque estuve paseando, una tarde, en un pequeño pueblo. Acompañada por mi mami y por la Luna.

Porque vi a mi mami emocionarse y sonreír, al recibir una llamada. Y porque la vi gastar las únicas monedas que llevaba aquél día, en algo para mis hermanos y para mí.

Porque escribí una carta a los Reyes Magos, pidiendo paciencia para los que me rodean, mucho amor para hacer las cosas, que la luz supere a las sombras.

Porque, pese a todo, mis hermanos sonríen.

Porque nació mi sobrino, sano y bonito.

Porque estoy escribiendo una historia, ocurre en una biblioteca, y lloro mientras imagino lo que va a pasar. Porque mis personajes me orillan a eso.

Porque, a veces, aunque esté rodeada de gente me siento sola. Tengo la teoría de que o soy una persona incomprendida (como muchas en el planeta) o… no soy de este planeta.

Porque mis primos, mi abuelita, mi mami y hermanos salieron a despedirme, cuando venía hacia el DF.

Porque en el último momento, antes de subir al autobús le dije a mi papá: Te quiero.

Porque dejé Tlaxcala, que me despidió con nostalgia, una tarde fría y con cielo nublado.

Porque recuerdo mi infancia: lo feliz y lo triste.

Porque recuerdo mi adolescencia: lo feliz y lo triste.

Y, por último, y va solo para ti, amor, así que acércate, porque te lo diré al oído… Lloro porque pienso en el futuro y me da miedo e ilusión. Miedo por el mundo en que vivimos. Ilusión, por el mundo que tú y yo vamos construyendo.

Así que cuando lloro, lo agradezco, porque soy la suma de todo, lo bueno y lo malo, si es que en verdad hay mucha diferencia.