Silencio.

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Mesa para dos haditas.

Algo pasa aquí, sí… justo aquí, en esta casa. Casa, no hogar. Uno no puede permanecer mucho tiempo en este sitio, sin que lo invada la tristeza.

Hay un Silencio, permanente, que no puede evitarse (ni viendo tv, ni escuchando música, ni siquiera con un pequeño intercambio de palabras).

Por un corto período ese Silencio no existió, en el tiempo que me salvaste, hermanita. Porque estuviste conmigo. Comíamos y reíamos juntas, antes de dormir. A veces… aunque trataba de no despertarte en la mañana, lo hacía. Y podías desearme los buenos días. En ese tiempo, especialmente los fines de semana, parecía que no existía el Silencio.

Me olvido del Silencio, cuando una llamada por skype (o celular) o un mensaje en facebook, forman un puente con el exterior; con el amor, con la familia y los amigos. Ello me anima, me ayuda, me hace feliz.

Sí, tengo muchas comodidades y mi espacio propio. Nada, ni nadie, me molesta. A veces, disfruto de esa soledad, pero hay días… como hoy, en que el Silencio se hace patente, que marca su presencia con gestos, saludos y miradas vacías. Ese Silencio que me hace temblar y provoca que me cueste respirar. Las lágrimas deben escurrirse participando de él.

“Si me salvas del miedo en el que vivo ahora…”

Miro el reloj, debo limpiar las lágrimas, componer una sonrisa y aclararme la garganta. Aquí, como siempre, no pasa nada.